3. La competencia de la élites
La Reforma, el Renacimiento, el Capitalismo, la Revolución Industrial, la Democracia, el Socialismo —grandes ideas y movimientos que van conmoviendo e impulsando al hemisferio noroccidental— nos pasan de largo, porque reflejan otra estructura, otra coyuntura y otros pensamientos. Nosotros somos la actualidad de ayer.Separada y dominadora de las masas de esclavos y siervos, nuestra élite siempre se consideró europea. Allá mandaban a sus hijos a estudiar y a tomar «baños de civi¬lización»; desde allá importaban modos, modas y modismos. Dentro ue las mismas familias, enraizadas en el mismo latifundio, vimos surgir una división retórica ae esa élite entre «conservadores» y «liberales», éstos más urbanos y cosmopolitas.
Nuestras constituciones nacionales fueron bellos ejemplos formales de esa importación de actualidad, ya como réplicas mestizas de la Carta de Filadelfia, ya, como en el caso brasileño de 1824, un reflejo de las experiencias británica y francesa. Siempre tuvimos intelectuales orgánicos, no de las masas sino del orden, mayormente entre los graduados de derecho, con su notoria capacidad de hacer malabarismos con su redacción (los llamados «casuismos»). Mientras que nuestros constituyentes de 1891 estaban en contra de la extensión del voto a las mujeres, pues en su opinión (la de los conservadores) eso «destruiría a la familia», los «liberales» votaban ese derecho para las mujeres empresarias o portadoras del diploma de nivel superior, cuando en el Brasil no había ninguna mujer que reuniera estos requisitos.
En este siglo ocurrieron algunas modificaciones significativas con el eje del poder: se trasladó lentamente del campo a la ciudad. La expansión del comercio, de la industria y de los servicios llevó a la expansión de una burguesía que progresivamente ocupó una posición hegemónica sobre la vieja aristocracia, sin llegar a romper con ella.
En América Latina es donde mejor se aplica la «teoría de la circulación de las élites», de Pareto: las antiguas élites pierden la hegemonía, pero no desaparecen cuando saben absorber a las contra-élites en expansión y se libran de los sectores más retrógrados.(1) Todos saben y nadie dice. Y esa contra-élite de los sectores medios en expansión será responsable de los avances institucionales, como el voto universal y secreto, la separación entre iglesia y estado, y la inclusión de disposiciones sociales en las constituciones.
Las élites se amplían y diversifican sus intereses, sin que esos «conflictos compuestos» según la expresión de Luciano Martins(7) signifiquen amenaza alguna al orden vigente o la posibilidad del ascenso revolucionario de los sectores populares.
Las situaciones climáticas adversas, la opresión de los latifundistas, la atracción ejercida por salarios y derechos sociales concurrieron en un fenomenal proceso de urbanización de nuestro continente, sin precedentes en el Tercer Mundo. En su primer período, más lento, entre las dos grandes guerras, ese nuevo proletariado se asoció con los sectores «liberales» de las élites y con los sectores reformistas medios (bajo la hegemonía de los primeros), en el proceso de expansión controlada de las reivindicaciones de la ciudadanía, que se conoció como «populismo».
Una vertiente más lúcida de este fenómeno, con una elaboración más científica, perfeccionada y con asesoramiento técnico, defendió una propuesta desarrollista, que involucró a cepalinos, comunistas y nacionalistas. Estos favorecían una alianza de dicha burguesía progresista con el proletariado, el campesinado y la intelectualidad, en una salida nacional en aparente conflicto con los centros internacionales del poder, pero al mismo tiempo se creían etapa en el camino de los modelos vividos por aquellos centros. El ala más nacionalista de esa propuesta integró el movimiento de los países «no alineados», expresión de lo que se llegó a conocer como «tercermundismo».
La década de los sesenta vivió el agotamiento del desarrollismo. El populismo entró en crisis por la imposibilidad de atender a las crecientes reivindicaciones populares sin poner en peligro los privilegios y el orden. La revolución cubana capturó la imaginación de la juventud de las clases medias y de los sectores más conscientes y articulados del proletariado y del campesinado. Una facción de la élite industrial agroexportadora y financiera aceleró su integración asociada con el sistema capitalista internacional y dependiente de él. El desarrollo debería hacerse por esa vía (modernización conservadora), lo que incluiría la captación de recursos externos mediante préstamos, y una compresión salarial interna, como forma de acumulación de capital. Esto a su vez requeriría una contención de las demandas sociales de empleo por los únicos sectores preparados para eso: las Fuerzas Armadas.
En una década casi toda América Latina caería bajo dictaduras militares, con los aplausos de sus élites, la aprobación de la pequeña burguesía amedrentada y el beneplácito, del gran hermano del norte, además de las bendiciones de la Santa Madre Iglesia. Esa versión retardada y periférica de la guerra fría elaboró la «Doctrina de la Seguridad Nacional» y la legitimación de la eficiencia, con sus «milagros económicos», espejismo que hipnotizó a tantos de nosotros.
Se interrumpió la tradición del formalismo constitucional liberal-democrático. Se violaron los derechos humanos. Las pequeñas y medianas empresas nacionales fueron llevadas a la quiebra, a la integración forzada a los sectores internacionalizados, o reducidas a la sumisión y a la impotencia; los parlamentos cerrados, una prensa censurada, la actividad partidaria y sindical suspendida o intervenida.
La crisis del petróleo (1974) agotó el «milagro»; la cara cruel del brutal endeudamiento externo se hizo visible; la burguesía reclamó la prisión y tortura de sus hijos y nuestra «mala imagen» junio a los pueblos «civilizados»; las tendencias nacionalistas de los militares incomodaron a las élites internacionalizadas, pues estaban «perturbando» la lógica de aquella opción. Una democratización controlada y «por lo alto» era la manera más segura de resguardar intereses. Así lo entendía la Trilateral.
La década de los ochenta es considerada económicamente la «década perdida» para América Latina. Una vez reprimida, controlada, cooptada, manipulada y agotada la revolución cultural de la década de los sesenta y principios de los setenta, con su potencial liberador, se podía empezar la vuelta a la democracia liberal y al régimen civil, pero, como abogaba el general Golbery do Couto e Silva, por medio de una transición «lenta, segura y gradual». O sea, un cambio para que todo continuase en el mismo lugar, la permanencia de los mismos en el poder, asegurada por la democracia y por el voto.
Se lanzan nuevas caras (nuevos productos políticos) al mercado, a manera de salvadores, con el voto de los «descamisados»: la nueva clase miserable de migración reciente, ideológicamente conservadora, subempleada, o en el mercado informal, y desorganizada. Las dictaduras conservadoras crearon la base social de su sustentación por la vía electoral democrática.
(1) Vilfredo Párelo, Elementos de Sociología, Río de Janeiro, Ed. Rods dos Venios, 1990.
(2) Luciano Martins, «Politique e dévelopment economique: structure du pouvoir et systeme de decisión au Brésll (1930-64)», tésis de doctorado, 1973, mimeografiada.)
(2) Luciano Martins, «Politique e dévelopment economique: structure du pouvoir et systeme de decisión au Brésll (1930-64)», tésis de doctorado, 1973, mimeografiada.)