jueves, 3 de enero de 2013

La situación socioeconómica y política de América Latina (3)


3. La competencia de la élites

La Reforma, el Renacimiento, el Capitalismo, la Revolución Industrial, la Democracia, el Socialismo —grandes ideas y movimientos que van conmoviendo e impulsando al hemisferio noroccidental— nos pasan de largo, porque reflejan otra estructura, otra coyuntura y otros pensamientos. Nosotros somos la actualidad de ayer.
 
Separada y dominadora de las masas de esclavos y siervos, nuestra élite siempre se consideró europea. Allá mandaban a sus hijos a estudiar y a tomar «baños de civi¬lización»; desde allá importaban modos, modas y modismos. Dentro ue las mismas familias, enraizadas en el mismo latifundio, vimos surgir una división retórica ae esa élite entre «conservadores» y «liberales», éstos más urbanos y cosmopolitas.
 
Nuestras constituciones nacionales fueron bellos ejemplos formales de esa importación de actualidad, ya como réplicas mestizas de la Carta de Filadelfia, ya, como en el caso brasileño de 1824, un reflejo de las experiencias británica y francesa. Siempre tuvimos intelectuales orgánicos, no de las masas sino del orden, mayormente entre los graduados de derecho, con su notoria capacidad de hacer malabarismos con su redacción (los llamados «casuismos»). Mientras que nuestros constituyentes de 1891 estaban en contra de la extensión del voto a las mujeres, pues en su opinión (la de los conservadores) eso «destruiría a la familia», los «liberales» votaban ese derecho para las mujeres empresarias o portadoras del diploma de nivel superior, cuando en el Brasil no había ninguna mujer que reuniera estos requisitos.
 
En este siglo ocurrieron algunas modificaciones significativas con el eje del poder: se trasladó lentamente del campo a la ciudad. La expansión del comercio, de la industria y de los servicios llevó a la expansión de una burguesía que progresivamente ocupó una posición hegemónica sobre la vieja aristocracia, sin llegar a romper con ella.
 
En América Latina es donde mejor se aplica la «teoría de la circulación de las élites», de Pareto: las antiguas élites pierden la hegemonía, pero no desaparecen cuando saben absorber a las contra-élites en expansión y se libran de los sectores más retrógrados.
(1) Todos saben y nadie dice. Y esa contra-élite de los sectores medios en expansión será responsable de los avances institucionales, como el voto universal y secreto, la separación entre iglesia y estado, y la inclusión de disposiciones sociales en las constituciones.
 
Las élites se amplían y diversifican sus intereses, sin que esos «conflictos compuestos» según la expresión de Luciano Martins(7) signifiquen amenaza alguna al orden vigente o la posibilidad del ascenso revolucionario de los sectores populares.
 
Las situaciones climáticas adversas, la opresión de los latifundistas, la atracción ejercida por salarios y derechos sociales concurrieron en un fenomenal proceso de urbanización de nuestro continente, sin precedentes en el Tercer Mundo. En su primer período, más lento, entre las dos grandes guerras, ese nuevo proletariado se asoció con los sectores «liberales» de las élites y con los sectores reformistas medios (bajo la hegemonía de los primeros), en el proceso de expansión controlada de las reivindicaciones de la ciudadanía, que se conoció como «populismo».
 
Una vertiente más lúcida de este fenómeno, con una elaboración más científica, perfeccionada y con asesoramiento técnico, defendió una propuesta desarrollista, que involucró a cepalinos, comunistas y nacionalistas. Estos favorecían una alianza de dicha burguesía progresista con el proletariado, el campesinado y la intelectualidad, en una salida nacional en aparente conflicto con los centros internacionales del poder, pero al mismo tiempo se creían etapa en el camino de los modelos vividos por aquellos centros. El ala más nacionalista de esa propuesta integró el movimiento de los países «no alineados», expresión de lo que se llegó a conocer como «tercermundismo».
 
La década de los sesenta vivió el agotamiento del desarrollismo. El populismo entró en crisis por la imposibilidad de atender a las crecientes reivindicaciones populares sin poner en peligro los privilegios y el orden. La revolución cubana capturó la imaginación de la juventud de las clases medias y de los sectores más conscientes y articulados del proletariado y del campesinado. Una facción de la élite industrial agroexportadora y financiera aceleró su integración asociada con el sistema capitalista internacional y dependiente de él. El desarrollo debería hacerse por esa vía (modernización conservadora), lo que incluiría la captación de recursos externos mediante préstamos, y una compresión salarial interna, como forma de acumulación de capital. Esto a su vez requeriría una contención de las demandas sociales de empleo por los únicos sectores preparados para eso: las Fuerzas Armadas.
 
En una década casi toda América Latina caería bajo dictaduras militares, con los aplausos de sus élites, la aprobación de la pequeña burguesía amedrentada y el beneplácito, del gran hermano del norte, además de las bendiciones de la Santa Madre Iglesia. Esa versión retardada y periférica de la guerra fría elaboró la «Doctrina de la Seguridad Nacional» y la legitimación de la eficiencia, con sus «milagros económicos», espejismo que hipnotizó a tantos de nosotros.
 
Se interrumpió la tradición del formalismo constitucional liberal-democrático. Se violaron los derechos humanos. Las pequeñas y medianas empresas nacionales fueron llevadas a la quiebra, a la integración forzada a los sectores internacionalizados, o reducidas a la sumisión y a la impotencia; los parlamentos cerrados, una prensa censurada, la actividad partidaria y sindical suspendida o intervenida.
 
La crisis del petróleo (1974) agotó el «milagro»; la cara cruel del brutal endeudamiento externo se hizo visible; la burguesía reclamó la prisión y tortura de sus hijos y nuestra «mala imagen» junio a los pueblos «civilizados»; las tendencias nacionalistas de los militares incomodaron a las élites internacionalizadas, pues estaban «perturbando» la lógica de aquella opción. Una democratización controlada y «por lo alto» era la manera más segura de resguardar intereses. Así lo entendía la Trilateral.
 
La década de los ochenta es considerada económicamente la «década perdida» para América Latina. Una vez reprimida, controlada, cooptada, manipulada y agotada la revolución cultural de la década de los sesenta y principios de los setenta, con su potencial liberador, se podía empezar la vuelta a la democracia liberal y al régimen civil, pero, como abogaba el general Golbery do Couto e Silva, por medio de una transición «lenta, segura y gradual». O sea, un cambio para que todo continuase en el mismo lugar, la permanencia de los mismos en el poder, asegurada por la democracia y por el voto.
 
Se lanzan nuevas caras (nuevos productos políticos) al mercado, a manera de salvadores, con el voto de los «descamisados»: la nueva clase miserable de migración reciente, ideológicamente conservadora, subempleada, o en el mercado informal, y desorganizada. Las dictaduras conservadoras crearon la base social de su sustentación por la vía electoral democrática.
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(1) Vilfredo Párelo, Elementos de Sociología, Río de Janeiro, Ed. Rods dos Venios, 1990.
(2) Luciano Martins, «Politique e dévelopment economique: structure du pouvoir et systeme de decisión au Brésll (1930-64)», tésis de doctorado, 1973, mimeografiada.)

4. La ola neoliberal

La situación socioeconómica y política de América Latina (2)

2. Independencia y dependencia

La adquisición formal de nuestra soberanía en el siglo XIX refleja el agotamiento de la empresa colonial ibérica, el ascenso de nuevos imperios y la disparidad de intereses entre las élites metropolitanas y las élites locales, inclusive por la articulación de éstas con aquellos otros imperios, como es el caso de Brasil en relación con Gran Bretaña.

A la independencia le sucede el fraccionamiento político del antiguo imperio español. Las múltiples banderas, equipos de fútbol o sillas en las Naciones Unidas no compensan la fragilidad de esos actores ante las grandes potencias del sistema interna¬cional. En el caso del imperio portugués, en el Nuevo Mundo se reprodujo una tradición más unitaria de aquella nacionalidad construida en el embate contra los moros y los castellanos. Siendo la única monarquía continental, con la retórica de una potencia (Imperio do Brasil), una casa real y mecanismos parlamentarios de alternancia de facciones elitistas en el poder (la «hamaca imperial», que tanto preocupa a Joao Camilo de Oliveira Torres(1), fue posible para la parte lusitana de América consolidar su unidad política, a pesar de las diferencias locales, las tensiones y las tentativas de secesión.

El proyecto colonial se hizo a partir de la esclavitud y de la servidumbre, a partir de sociedades rígidamente estratificadas, con la aristocracia latifundista y el estamento burocrático en la cima, los hombres libres blancos (artesanos, comerciantes, funciona¬rios, minifundistas) en el medio, luego los mestizos asimilados y, en la base, los mestizos menos asimilados, los negros y los indios. Los nuevos estados, el sistema económico, el ejército y la Iglesia Católica Romana funcionaron como legitimadores, garantizadores y reforzadores de esta sociedad, que al fin de cuentas era un eco de la jerarquía característica del orden cristiano medieval europeo.

Somos el último gran proyecto de la cristiandad. La Reforma Protestante del siglo XVI sustrajo la región norte de Europa del dominio papal (el este ya era ortodoxo) y permitió a los pueblos del sur una creciente soberanía. Las armas ibéricas vinieron hasta aquí para extender «la fe del imperio». En ese monismo ideológico absoluto y monolitismo institucional no había lugar para la distinción entre iglesia, estado y sociedad civil. La Santa Inquisición sirvió de instrumento de refuerzo a ese orden premodemo, precientífico, predemocrático y precapitalista.

Como una paráfrasis, podríamos afirmar que el proyecto colonial ibérico fue «la vanguardia del atraso».

La independencia de los estados americanos no fue liderada por los pueblos nativos, sino por los descendientes de la élite trasplantada. El cambio se hizo apenas a nivel del Derecho Internacional Público, por la adquisición formal de soberanía, por la presencia de banderas e himnos propios. España y Portugal continuaron gobernándonos por intermedio de sus hijos. El príncipe-regente del Brasil, Pedro, nuestro primer emperador, abdica del trono, vuelve a Portugal donde se hace rey, muere y deja a su hijo Pedro II en el trono brasileño y a su hija María de la Gloria en el trono portugués.

La independencia deja intacta la estructura social, las relaciones de producción y las relaciones de poder, en ese modelo que Raymundo Faoro denomina «patrimonial-esta- mental», a partir de un acercamiento weberiano.(2). El estamento técnico-burocrático-mi- Iitar estaba integrado —principalmente por lazos de sangre— a la aristocracia latifundista y minera y al alto clero. De allí, para usar la distinción de Gramsci. ya nacemos con un estado fuerte y una sociedad civil débil.(3)

El proceso de abolición de la esclavitud será lento, y la abolición de la servidumbre mucho más lenta aún, subsistiendo hasta nuestros días. Los negros, los indios, los mestizos y las mujeres, excluidos legalmente primero, y luego discriminados socialmente, luchan desde hace cinco siglos por la obtención de una ciudadanía plena. Durante mucho tiempo nuestro viciado sistema electoral se restringía a los «buenos varones» (hombres blancos y propietarios). Otro aspecto de la discriminación legal y/o social se dio en los planos de la religión y de la ideología política (apenas participaron los católicos y los conservadores).
La empresa colonial tuvo un carácter depredador. El ibérico, sintiéndose superior, venía para explorar y hacer riqueza. Vianna Moog llama la atención al contraste con el colonizador norteamericano. En éste primaba la ruptura con el pasado y el deseo de crear una nueva patria; en aquél, la extensión del pasado y de la madre patria.(4)

El capitalismo fue sustituyendo rápidamente el orden medieval en el Viejo Mundo, y los viejos y rígidos estamentos fueron reemplazados por clases en movilidad. La burguesía estaba en ascenso, con su ética de valorización del trabajo y del ahorro; ética construida con un fuerte aporte calvinista, según Weber, Tawney y otros.(5) En este sentido, nosotros nunca conseguimos pasar del ejercido mercantil del capitalismo, presos de los vestigios del feudalismo y de la ética aristocrática de la desvalorización del trabajo y de la ostentación de la riqueza. En lugar de colegios técnicos, las raras escuelas superiores de la época colonial se dedicaban a la teología, al derecho, a las letras, a las humanidades y a la formación militar. Ibamos entrando en el capitalismo empujados por la historia, sin estar preparados y resistiendo el nivel de nuestras élites y de su ideología.

Luego de la Independencia continúa la dependencia, tanto ideológica (siguiendo con atraso las últimas modas europeas) como económica, con España y Portugal dando lugar primero a Gran Bretaña, y después a los Estados Unidos.

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(1) Joao Camilo de Oliveira Torres, A Democracia Coroada: Teoría Política do Império do Brasil, Río de Janeiro, José Olimpio, 1957.

(2) Raymundo Faoro, Os Donosdo Poder: Formaqao do Patronato Político Brasileiró, Globo/USP, Porto Alegre, Sao Paulo, 1975

(3) Antonio Gramsci, «Slate and Civil Society» en Sclcctions from Prison Notebooks, Nueva York, New International Publishers, 1973.

(4) Vianna Moog, Bandeirantcs e Pioneros:paralelo entre duas culturas, Porto Alegre, Sao Paulo, Globo, 2a ed., 1961 ’ ' '

(5) Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, México, Premia Editora, 1981 y R.H, Tawney, Religión andtheRise of Capitalismo New York, Mentor Books, 1963. 

La situación socioeconómica y política de América Latina



  

Por Robinson Cavalcanti, brasileño, profesor universitario, politólogo, pastor y autor de varios libros.  

El presente artículo fue publicado en el Boletín Teológico de la Fraternidad Teológica Latinoamericana en Diciembre de 1991 (hace ya más de 20 años).

 

 

 1. Un continente en construcción


Somos un continente en construcción. En contraste con las antiguas civilizaciones asiáticas y de la antigua Europa que cuentan con siglos y siglos de historia, con una cultura e instituciones establecidas, el Nuevo Mundo —a pesar de los 500 años de su «descubrimiento»— continúa siendo una región marcada por la inestabilidad y por grandes interrogantes en relación con su futuro.

Antes de la presencia ibérica nunca fuimos una unidad. Vivíamos divididos en etnias y unidades políticas, en reductos culturales bastante diferenciados. A esa di­versidad original hay que agregar la diversidad de la empresa colonial de dos pue­blos ibéricos —españoles y portugueses— cuyas acentuadas diferencias no deben ser minimizadas. La interacción entre los diversos colonizadores y nativos se refleja en los perfiles distintos de los virreinatos castellanos y de las varias capitanías portugue­sas en América.

Una diferenciación adicional aparece con la importación de la mano de obra esclava africana (a su vez originaria de diversos contextos del continente negro), de presencia muy significativa principalmente en nuestra costa atlántica.

¿América Latina será apenas la porción de tierra que está entre el continente antártico y los Estados Unidos? Tenemos en común el idioma (que son dos), la reli­gión (cuyos porcentajes, influencias y características no son uniformes) y la pobreza (dividida asimétricamente) que nos dice que estamos en la periferia del sistema inter­nacional.

La diversidad de un continente en construcción: eso quiere decir que lo que había fue destruido, lo que fue traído no puede ser trasplantado y lo nuevo aún no se consolidó.

Esta construcción también nos distancia de los novísimos países africanos, frutos de la reciente descolonización: la artificialidad de sus fronteras, la debilidad de sus estados nacionales, la carencia de equipos de líderes nativos los diferencia de nuestra América adolescente, de élite criolla (mazomba).


2. Independencia y dependencia