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jueves, 3 de enero de 2013

La situación socioeconómica y política de América Latina (2)

2. Independencia y dependencia

La adquisición formal de nuestra soberanía en el siglo XIX refleja el agotamiento de la empresa colonial ibérica, el ascenso de nuevos imperios y la disparidad de intereses entre las élites metropolitanas y las élites locales, inclusive por la articulación de éstas con aquellos otros imperios, como es el caso de Brasil en relación con Gran Bretaña.

A la independencia le sucede el fraccionamiento político del antiguo imperio español. Las múltiples banderas, equipos de fútbol o sillas en las Naciones Unidas no compensan la fragilidad de esos actores ante las grandes potencias del sistema interna¬cional. En el caso del imperio portugués, en el Nuevo Mundo se reprodujo una tradición más unitaria de aquella nacionalidad construida en el embate contra los moros y los castellanos. Siendo la única monarquía continental, con la retórica de una potencia (Imperio do Brasil), una casa real y mecanismos parlamentarios de alternancia de facciones elitistas en el poder (la «hamaca imperial», que tanto preocupa a Joao Camilo de Oliveira Torres(1), fue posible para la parte lusitana de América consolidar su unidad política, a pesar de las diferencias locales, las tensiones y las tentativas de secesión.

El proyecto colonial se hizo a partir de la esclavitud y de la servidumbre, a partir de sociedades rígidamente estratificadas, con la aristocracia latifundista y el estamento burocrático en la cima, los hombres libres blancos (artesanos, comerciantes, funciona¬rios, minifundistas) en el medio, luego los mestizos asimilados y, en la base, los mestizos menos asimilados, los negros y los indios. Los nuevos estados, el sistema económico, el ejército y la Iglesia Católica Romana funcionaron como legitimadores, garantizadores y reforzadores de esta sociedad, que al fin de cuentas era un eco de la jerarquía característica del orden cristiano medieval europeo.

Somos el último gran proyecto de la cristiandad. La Reforma Protestante del siglo XVI sustrajo la región norte de Europa del dominio papal (el este ya era ortodoxo) y permitió a los pueblos del sur una creciente soberanía. Las armas ibéricas vinieron hasta aquí para extender «la fe del imperio». En ese monismo ideológico absoluto y monolitismo institucional no había lugar para la distinción entre iglesia, estado y sociedad civil. La Santa Inquisición sirvió de instrumento de refuerzo a ese orden premodemo, precientífico, predemocrático y precapitalista.

Como una paráfrasis, podríamos afirmar que el proyecto colonial ibérico fue «la vanguardia del atraso».

La independencia de los estados americanos no fue liderada por los pueblos nativos, sino por los descendientes de la élite trasplantada. El cambio se hizo apenas a nivel del Derecho Internacional Público, por la adquisición formal de soberanía, por la presencia de banderas e himnos propios. España y Portugal continuaron gobernándonos por intermedio de sus hijos. El príncipe-regente del Brasil, Pedro, nuestro primer emperador, abdica del trono, vuelve a Portugal donde se hace rey, muere y deja a su hijo Pedro II en el trono brasileño y a su hija María de la Gloria en el trono portugués.

La independencia deja intacta la estructura social, las relaciones de producción y las relaciones de poder, en ese modelo que Raymundo Faoro denomina «patrimonial-esta- mental», a partir de un acercamiento weberiano.(2). El estamento técnico-burocrático-mi- Iitar estaba integrado —principalmente por lazos de sangre— a la aristocracia latifundista y minera y al alto clero. De allí, para usar la distinción de Gramsci. ya nacemos con un estado fuerte y una sociedad civil débil.(3)

El proceso de abolición de la esclavitud será lento, y la abolición de la servidumbre mucho más lenta aún, subsistiendo hasta nuestros días. Los negros, los indios, los mestizos y las mujeres, excluidos legalmente primero, y luego discriminados socialmente, luchan desde hace cinco siglos por la obtención de una ciudadanía plena. Durante mucho tiempo nuestro viciado sistema electoral se restringía a los «buenos varones» (hombres blancos y propietarios). Otro aspecto de la discriminación legal y/o social se dio en los planos de la religión y de la ideología política (apenas participaron los católicos y los conservadores).
La empresa colonial tuvo un carácter depredador. El ibérico, sintiéndose superior, venía para explorar y hacer riqueza. Vianna Moog llama la atención al contraste con el colonizador norteamericano. En éste primaba la ruptura con el pasado y el deseo de crear una nueva patria; en aquél, la extensión del pasado y de la madre patria.(4)

El capitalismo fue sustituyendo rápidamente el orden medieval en el Viejo Mundo, y los viejos y rígidos estamentos fueron reemplazados por clases en movilidad. La burguesía estaba en ascenso, con su ética de valorización del trabajo y del ahorro; ética construida con un fuerte aporte calvinista, según Weber, Tawney y otros.(5) En este sentido, nosotros nunca conseguimos pasar del ejercido mercantil del capitalismo, presos de los vestigios del feudalismo y de la ética aristocrática de la desvalorización del trabajo y de la ostentación de la riqueza. En lugar de colegios técnicos, las raras escuelas superiores de la época colonial se dedicaban a la teología, al derecho, a las letras, a las humanidades y a la formación militar. Ibamos entrando en el capitalismo empujados por la historia, sin estar preparados y resistiendo el nivel de nuestras élites y de su ideología.

Luego de la Independencia continúa la dependencia, tanto ideológica (siguiendo con atraso las últimas modas europeas) como económica, con España y Portugal dando lugar primero a Gran Bretaña, y después a los Estados Unidos.

___________________
(1) Joao Camilo de Oliveira Torres, A Democracia Coroada: Teoría Política do Império do Brasil, Río de Janeiro, José Olimpio, 1957.

(2) Raymundo Faoro, Os Donosdo Poder: Formaqao do Patronato Político Brasileiró, Globo/USP, Porto Alegre, Sao Paulo, 1975

(3) Antonio Gramsci, «Slate and Civil Society» en Sclcctions from Prison Notebooks, Nueva York, New International Publishers, 1973.

(4) Vianna Moog, Bandeirantcs e Pioneros:paralelo entre duas culturas, Porto Alegre, Sao Paulo, Globo, 2a ed., 1961 ’ ' '

(5) Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, México, Premia Editora, 1981 y R.H, Tawney, Religión andtheRise of Capitalismo New York, Mentor Books, 1963. 

La situación socioeconómica y política de América Latina



  

Por Robinson Cavalcanti, brasileño, profesor universitario, politólogo, pastor y autor de varios libros.  

El presente artículo fue publicado en el Boletín Teológico de la Fraternidad Teológica Latinoamericana en Diciembre de 1991 (hace ya más de 20 años).

 

 

 1. Un continente en construcción


Somos un continente en construcción. En contraste con las antiguas civilizaciones asiáticas y de la antigua Europa que cuentan con siglos y siglos de historia, con una cultura e instituciones establecidas, el Nuevo Mundo —a pesar de los 500 años de su «descubrimiento»— continúa siendo una región marcada por la inestabilidad y por grandes interrogantes en relación con su futuro.

Antes de la presencia ibérica nunca fuimos una unidad. Vivíamos divididos en etnias y unidades políticas, en reductos culturales bastante diferenciados. A esa di­versidad original hay que agregar la diversidad de la empresa colonial de dos pue­blos ibéricos —españoles y portugueses— cuyas acentuadas diferencias no deben ser minimizadas. La interacción entre los diversos colonizadores y nativos se refleja en los perfiles distintos de los virreinatos castellanos y de las varias capitanías portugue­sas en América.

Una diferenciación adicional aparece con la importación de la mano de obra esclava africana (a su vez originaria de diversos contextos del continente negro), de presencia muy significativa principalmente en nuestra costa atlántica.

¿América Latina será apenas la porción de tierra que está entre el continente antártico y los Estados Unidos? Tenemos en común el idioma (que son dos), la reli­gión (cuyos porcentajes, influencias y características no son uniformes) y la pobreza (dividida asimétricamente) que nos dice que estamos en la periferia del sistema inter­nacional.

La diversidad de un continente en construcción: eso quiere decir que lo que había fue destruido, lo que fue traído no puede ser trasplantado y lo nuevo aún no se consolidó.

Esta construcción también nos distancia de los novísimos países africanos, frutos de la reciente descolonización: la artificialidad de sus fronteras, la debilidad de sus estados nacionales, la carencia de equipos de líderes nativos los diferencia de nuestra América adolescente, de élite criolla (mazomba).


2. Independencia y dependencia

domingo, 23 de septiembre de 2012

COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL (5)



La libertad comprometida de la Iglesia


Esta corresponsabilidad no significa tener que representar y defender una teoría propia referente a la estructura y sustancia del estado: la Iglesia no está capacitada para ello.

El ejercicio de la corresponsabilidad significa que la Iglesia busca humanamente la mejor forma de estado, pero lo hace consciente de los límites de cualquier realización humana en este dominio. Y lo que es decisivo: ante todas las concepciones políticas del momento tiene el deber, dado que anuncia el Reino, de hacer valer sus esperanzas y sus preguntas. Ante todas las realizaciones políticas, porque ninguna de ellas se identifica con el Reino, la Iglesia espera la "ciudad que tiene fundamento sólido porque Dios es su arquitecto y constructor" (Hebreos 11:10) y se confía a la Palabra que lo sostiene todo, incluso las realidades políticas.

De este modo la Iglesia es libre ante todos los sistemas políticos. Sólo así se puede responsabilizar de la forma y realidad de la comunidad civil en un sentido muy preciso. Al preguntarse qué quiere ante Dios en el plano político ejerce su corresponsabilidad política. En cada caso concreto, utilizando como criterio el conocimiento que tiene de su Señor, Señor de toda la realidad, ha de "discernir" entre el estado justo y el injusto, entre orden y arbitrariedad, entre poder y tiranía, entre libertad y anarquía, entre comunidad y colectivismo, entre derechos de la persona e individualismo. Según el juicio que se haya formado podrá escoger y querer determinado régimen y rechazar otro, comprometiéndose por uno y oponiéndose al otro. Tal actitud de discernimiento, juicio, elección, compromiso y decisiones prácticas define la corresponsabilidad política de la Iglesia: es así como la Iglesia se "somete" a la comunidad civil.



Fin del artículo

COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL (4)



CORRESPONSABILIDAD POLÍTICA



Con todo, es totalmente necesario que la Iglesia se mantenga siendo lo que es. No podría resultar nada bueno para la comunidad civil si la cristiana intentara disolverse en el seno del estado, renunciando a su misión particular: el anuncio de la soberanía de Jesucristo y la esperanza del Reino que viene. Anuncio que la comunidad civil tiene absoluta necesidad de oír, porque no puede dar respuesta a las "grandes preguntas" y porque, en definitiva, no puede afrontar airosamente la bybris humana y el caos consecuente. En lo que a esto respecta no puede menos de reconocer que la palabra y la ciencia última están en otro lugar.

Por otra parte es imposible que la comunidad cristiana deje de existir: los hombres no podrían ya oír la voz que proclama, en última instancia, la única esperanza y el socorro último del que tienen absoluta necesidad.

Por esto la comunidad cristiana participa en la civil en la medida en que cumple su tarea propia fielmente: al creer en Jesucristo y anunciarlo, reconoce y proclama al que es Señor del mundo y de la Iglesia. Y sus miembros no pueden dejar de actuar en conformidad con su actitud de fe, de amor y de esperanza. En el marco de la comunidad civil la Iglesia es solidaria del mundo y debe practicar decididamente esta solidaridad. Ora por el mundo y se hace por esto responsable de él. Ora por la ciudad y por esto obra en favor de la ciudad, "sometiéndose" a ella, es decir, corresponsabilizándose (Romanos 13:1).



COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL (3)

Relaciones positivas entre Iglesia y estado


No podemos contentarnos con subrayar las diferencias: los elementos de la comunidad civil son también elementos constitutivos de la cristiana. La misma palabra ekklesía está tomada del ámbito político y hay también un "estatuto legal", un "derecho eclesial" con fuerza obligatoria, que sin tener fin en sí mismo, ha de ser erigido en la Iglesia como signo en el mundo del señorío de Cristo; la comunidad cristiana vive como politeia con sus autoridades y funciones propias. Pero lo decisivo radica en esto: la Iglesia tiende, como "luz del mundo", a dirigirse a todos, y es por todos que ha recibido su mensaje. Porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, la Iglesia ora también en favor de los "reyes", es decir, de aquellos que tienen determinadas responsabilidades en el ámbito ciudadano. En este sentido la existencia de la comunidad cristiana en lugar de ser apolítica es, sobre todo, política. Más aún, según el NT el objeto de la promesa y de la esperanza cristiana no es una Iglesia eterna sino una Ciudad (Ap 21, 2. 24; Flp 3, 20), la basileia de Cristo (Mt 25, 31). Si esto es así ¿podemos disimular el alcance político de la Iglesia?

Por otra parte, la comunidad cristiana conoce por qué es necesaria la existencia de la comunidad civil. Sabe que los hombres tienen necesidad de "reyes", es decir, de seres colocados bajo un orden legal, relativo y provisional, protegido por una autoridad y poder superiores. Es verdad que la Iglesia conoce la forma auténtica de este reino original y definitivo que se manifestará en el reino eterno de Dios y en la eterna justicia de su gracia: es el objeto de su anuncio. Ahora bien, precisamente por este saber del Reino manifestado en Jesucristo le es dado conocer la vastedad del orgullo humano y sus terribles consecuencias. Sabe de la peligrosidad del hombre y qué amenaza es para sí mismo. La Iglesia conoce al hombre pecador, es decir, al ser que es capaz de abrir las esclusas del caos y la nada y de dar fin al tiempo de gracia que Dios le ha dado, tiempo en el que vive la Iglesia: tiempo sometido a la irrupción del caos y la nada, pero tiempo protegido precisamente por la existencia de la comunidad civil y por sus esfuerzos en el plano de lo relativo, provisional y externo, para "humanizar" la condición del hombre e impedir que se produzca lo peor.

De este modo la Iglesia ve en el estado el efecto de una disposición de Dios, una constante de su providencia destinada al bien del hombre y que contrabalancea su pecado.

Se trata de una exousía, de un "poder" creado en Cristo (Col 1, 16), incapaz de separarnos del amor de Cristo (Rm 8, 37), entregado al Señor (Mt 28, 18). Por esto, la actividad del estado como tal es servicio de Dios; por más que pueda pervertirse adoptando la figura de Pilatos, no cesa de obrar en virtud del poder recibido de Dios (Jn 19, 11) y es esto mismo lo que mide la gravedad de su perversión.

Así la comunidad cristiana, como círculo más pequeño en el interior del círculo más vasto de la comunidad civil, comparte con ella su origen y su centro: el estado no posee una existencia separada del reino de Cristo ni se autofundamenta, sino que es un "indicador" (Sxponent) del Reino. Si esto es así, la cuestión de saber qué actitud concreta implica este reconocimiento del estado por parte de la Iglesia en una situación concreta puede permanecer abierta, pero queda excluida de raíz una actitud: la indiferencia política, la existencia de un cristianismo despolitizado. No puede existir una Iglesia neutra frente a una institución tan estrechamente ligada con su propia tarea.

COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL (2)


Diferencias entre ambas comunidades

La comunidad civil engloba a todos los ciudadanos, cristianos o no. Por esto es incapaz de concienciar homogéneamente su relación con Dios, y no puede apelar a la Palabra o al Espíritu para establecer su orden propio. En sí misma es espiritualmente ciega e ignorante: no tiene la fe ni el amor ni la esperanza. En ella, no hay confesión de fe, ni mensaje que anunciar, no se reza ni se es hermano o hermana. A nivel religioso - "religión" es la única palabra que tiene para designar el ámbito propio de la Iglesia- su sabiduría suprema es la tolerancia. Por esta razón sus tareas son siempre exteriores, relativas, provisionales. Por lo mismo ha de cargar con métodos de coacción física - "brazo secular"-, extraños por definición a la comunidad cristiana. le falta lo que es esencial a la Iglesia: la ecumenicidad. La ciudad tiene muros; está más o menos cerrada con relación a otras, con los conflictos que esto supone. Por esto le falta correctivo o defensa para poder esquivar una doble tentación: la de descuidar sus instituciones o la de erigirlas en absolutos, tentaciones que constituyen la causa de su ruina. Vista desde la Iglesia, la "otra" comunidad aparece en su carácter frágil, vulnerable y provisional.

Sin embargo, la comunidad cristiana no puede mirar con paternalismo al estado. ¿Se puede establecer una clara línea divisoria entre creyentes sinceros y dudosos? Ni la Palabra ni el Espíritu están a nuestra disposición. Puede haber iglesias muertas, sin fe, sin esperanza, y sin amor. Es verdad que la Iglesia ha renunciado a la coacción física, pero de hecho esto se debe a que no tiene posibilidad alguna de emplearla. Tampoco faltan en el seno eclesial luchas emprendidas para asegurarse posiciones de dominio. Y la ecumenicidad ha faltado tanto que ha sido necesario crear un movimiento ecuménico especial.

COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL (1)



Karl Barth, suizo, fue un influyente teólogo reformado, considerado uno de los pensadores cristianos del siglo 20. Desde su experiencia pastoral, hizo teología poniendo énfasis en la soberanía de Dios con su innovadora “doctrina de la elección.”




COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL

Christengemeinde und Bürgergemeinde, Theologische Studien 20, Zollikon-Zurich (Stuttgart 1946), 46 pp. Esta es una tradución y adaptación de Antonio Pascual Piqué.





COMUNIDAD ECLESIAL Y ESTATAL


Entiendo por "comunidad cristiana" lo que designamos ordinariamente por "Iglesia" y por "comunidad civil" lo designado como "Estado". La aplicación de un mismo término a dos ámbitos distintos subraya la relación positiva entre estas dos realidades, haciéndonos comprender que se trata aquí de hombres concretos reunidos en una entidad común a fin de proyectar y llevar a término tareas comunes, y no sólo de instituciones. Por otra parte, el término "comunidad" aplicado al estado recuerda a los cristianos que existe una comunidad distinta de la de su marco particular: la civil.

Precisemos rápidamente los términos: La comunidad cristiana es el conjunto de habitantes de una misma localidad, región o país, que han sido llamados de entre los demás y han sido reunidos a causa del común reconocimiento de Jesucristo y la vocación que han recibido de anunciar su nombre. La razón de ser, el sentido y el fin de esta asamblea (ekklesía) es la participación de una forma de vida común creada únicamente por el Espíritu, vida de sometimiento a la palabra de Dios en Jesucristo, palabra oída, que debe ser reescuchada incesantemente y se ha de transmitir. El rostro interno de esta comunidad es la expresión unánime de la fe, del amor y de la esperanza.

Su rostro externo es la confesión de fe aceptada por todos, el ejercicio colectivo de la responsabilidad del anuncio del nombre de Jesucristo, la adoración y la acción de gracias hechas en común. Por esto cada comunidad cristiana en sí misma es ecuménica - es decir, católica- por definición, solidaria -hasta la unidad- con todas las comunidades cristianas que existen.

La comunidad civil es, a su vez, el conjunto de habitantes de una misma localidad, región o país, ligados entre sí por un estatuto legal, válido y obligatorio para todos, establecido y garantizado por la sujeción. La razón de ser, el sentido y el fin de esta comunidad – tarea política – consiste en asegurar a los individuos una libertad exterior, relativa y provisional, y al conjunto una paz también relativa, exterior y provisional, a fin de garantizar al marco de la vida individual y colectiva un rasgo de humanidad. Sus medios principales son las leyes que determinan el orden válido para todos, el gobierno y la administración, que asegura la aplicación práctica de las leyes y el aparato judicial que dirime en caso de duda o conflicto.

viernes, 7 de septiembre de 2012

LOS CRISTIANOS Y LA ACCIÓN POLÍTICA

Bajo los auspicios de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, un grupo de políticos, teólogos y líderes eclesiásticos de todo el continente se reunió en la República Dominicana, en mayo de1983. El propósito era reflexionar sobre el poder político desde una perspectiva sociológica, antropológica, histórica y bíblica, con miras a desarrollar una comprensión más profunda de la responsabilidad política de los cristianos en el continente latinoamericano. El documento final de esta Consulta es la Declaración de Jarabacoa, el cual es el resultado de un diálogo en que se dio una rica fertilización de la reflexión y la práctica de políticos cristianos que estaban en ese tiempo involucrados en el gobierno o en instituciones oficiales de sus respectivos países.


DECLARACIÓN DE JARABACOA