domingo, 23 de septiembre de 2012

COMUNIDAD CRISTIANA Y COMUNIDAD CIVIL (3)

Relaciones positivas entre Iglesia y estado


No podemos contentarnos con subrayar las diferencias: los elementos de la comunidad civil son también elementos constitutivos de la cristiana. La misma palabra ekklesía está tomada del ámbito político y hay también un "estatuto legal", un "derecho eclesial" con fuerza obligatoria, que sin tener fin en sí mismo, ha de ser erigido en la Iglesia como signo en el mundo del señorío de Cristo; la comunidad cristiana vive como politeia con sus autoridades y funciones propias. Pero lo decisivo radica en esto: la Iglesia tiende, como "luz del mundo", a dirigirse a todos, y es por todos que ha recibido su mensaje. Porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, la Iglesia ora también en favor de los "reyes", es decir, de aquellos que tienen determinadas responsabilidades en el ámbito ciudadano. En este sentido la existencia de la comunidad cristiana en lugar de ser apolítica es, sobre todo, política. Más aún, según el NT el objeto de la promesa y de la esperanza cristiana no es una Iglesia eterna sino una Ciudad (Ap 21, 2. 24; Flp 3, 20), la basileia de Cristo (Mt 25, 31). Si esto es así ¿podemos disimular el alcance político de la Iglesia?

Por otra parte, la comunidad cristiana conoce por qué es necesaria la existencia de la comunidad civil. Sabe que los hombres tienen necesidad de "reyes", es decir, de seres colocados bajo un orden legal, relativo y provisional, protegido por una autoridad y poder superiores. Es verdad que la Iglesia conoce la forma auténtica de este reino original y definitivo que se manifestará en el reino eterno de Dios y en la eterna justicia de su gracia: es el objeto de su anuncio. Ahora bien, precisamente por este saber del Reino manifestado en Jesucristo le es dado conocer la vastedad del orgullo humano y sus terribles consecuencias. Sabe de la peligrosidad del hombre y qué amenaza es para sí mismo. La Iglesia conoce al hombre pecador, es decir, al ser que es capaz de abrir las esclusas del caos y la nada y de dar fin al tiempo de gracia que Dios le ha dado, tiempo en el que vive la Iglesia: tiempo sometido a la irrupción del caos y la nada, pero tiempo protegido precisamente por la existencia de la comunidad civil y por sus esfuerzos en el plano de lo relativo, provisional y externo, para "humanizar" la condición del hombre e impedir que se produzca lo peor.

De este modo la Iglesia ve en el estado el efecto de una disposición de Dios, una constante de su providencia destinada al bien del hombre y que contrabalancea su pecado.

Se trata de una exousía, de un "poder" creado en Cristo (Col 1, 16), incapaz de separarnos del amor de Cristo (Rm 8, 37), entregado al Señor (Mt 28, 18). Por esto, la actividad del estado como tal es servicio de Dios; por más que pueda pervertirse adoptando la figura de Pilatos, no cesa de obrar en virtud del poder recibido de Dios (Jn 19, 11) y es esto mismo lo que mide la gravedad de su perversión.

Así la comunidad cristiana, como círculo más pequeño en el interior del círculo más vasto de la comunidad civil, comparte con ella su origen y su centro: el estado no posee una existencia separada del reino de Cristo ni se autofundamenta, sino que es un "indicador" (Sxponent) del Reino. Si esto es así, la cuestión de saber qué actitud concreta implica este reconocimiento del estado por parte de la Iglesia en una situación concreta puede permanecer abierta, pero queda excluida de raíz una actitud: la indiferencia política, la existencia de un cristianismo despolitizado. No puede existir una Iglesia neutra frente a una institución tan estrechamente ligada con su propia tarea.

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